COMENTARIO EVANGELIO DOMINGO 29 de abril 2018 (Jn 10,11-18)

Lo primero que llama la atención en este Evangelio es que Jesús de denomina a sí mismo como “la verdadera vid”. La pregunta surge espontáneamente: “¿Acaso hay más viñas?”. Es el mismo caso de los “pastores-salteadores”.

            La clave nos la da el texto. Es una viña muy especial que tiene un labrador singular: “Dios-Padre”. Es una viña que tiene un fruto peculiar: “la vida”, pero no una vida cualquiera, sino la misma vida de Cristo, que corre, como la savia, por sus ramas, raíces y tronco.

            De aquí que el Señor habla de dar fruto en Él. Es decir, conectado a la savia de la cepa, dejando que corra esa vida por el sarmiento. Si este se encuentra atorado u obstruído, de tal modo que sea imposible que la savia por él, no puede dar fruto o mejor todavía, el fruto de Cristo, el Labrador lo arranca. Ahora bien, el sarmiento que deja pasar esa savia y da fruto, el Labrador lo poda, es decir, lo cuida como debe hacerlo para que dé más fruto.

            El símil de la viña impresiona a la vez que explica como es nuestra inserción en Cristo. Formamos parte de su cuerpo, por eso hemos sido hechos hijos en el Hijo. Nuestra vida, está unida y escondida con Cristo en Dios (Col 3,3). Todavía no se ha manifestado como lo que es, pero es real y da mucho fruto porque está unida a Cristo.

            De aquí la importancia que repite una y otra vez el Señor de permanecer unidos a Él. Porque sin Él no podemos hacer nada, y nada es nada. La vida de Cristo es fecunda, por eso, necesitamos estar en unión con ella. En último extremo, se nos habla de como el pecado rompe esa unión, comunión con Cristo.

            También se usa este símil para explicar lo que es la Iglesia, la esposa de Cristo y como nosotros, los bautizados estamos insertados en ella y como nuestras acciones buenas o malas afectan a la Iglesia. Las buenas dan fruto y dejan que la savia, la vida de la gracia pase a otros sarmientos y las malas, por el contrario, impiden el fruto y no dejan pasar la savia a otros sarmientos.

            Por eso, retengamos las palabras finales de este Evangelio:

            “Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará”.

            La fuerza de la vida de Dios y es que unidos a Cristo, participamos de su misma oración e intercesión ante el Padre. Este no puede negar nada al Hijo que sabe pedir como conviene y siempre para la Gloria del Padre. Es decir, para que Dios sea conocido y amado por los hombres y así lleguen a a la salvación.

P. Luis de Prada, dcjm