COMENTARIO EVANGELIO DOMINGO 20 MAYO 2018 (Jn 20,19-23)

En el evangelio del Domingo de Pentecostés sobresale una idea clave y central: que el Espíritu Santo es el Espíritu del Resucitado. En otras palabras, es el don del Corazón de Cristo Resucitado.

Lo primero que nos llama la atención es que estamos en el 1º día de la semana, es decir, en el día de la Resurrección del Señor.

Los discípulos están encerrados en el Cenáculo tristes (todas sus pretensiones, sus esquemas mundanos se han venido abajo y no entienden nada de lo que ha sucedido) y con miedo a los judíos. Han matado al Señor y ahora vendrán por ellos, seguidores del Nazareno.

Y en esto entró Jesús, se apareció en medio. No hay duda, en el centro de la escena. Un Jesús radiante, rebosante de alegría y luz. Su saludo no va con el tiempo humano, es un saludo fruto de una victoria triple. Cristo con su muerte ha vencido al diablo, al pecado y a la muerte y ha alcanzado la paz. Una paz que no tiene nada que ver con la paz del mundo. Es la paz de Dios, que San Agustín definirá como la tranquilidad en el orden. Dios en el centro y todo alrededor de Dios. Y esta paz la da Jesús, pero la da de verdad, no es un mero saludo. Y diciendo esto se identificó, por si había alguna duda, mostrándoles las manos y el costado. Los signos visibles de la Pasión del Señor.

Y los discípulos se llenaron de alegría al ver y reconocer al Señor. “Estas palabras son profundamente humanas. El Amigo perdido está presente de nuevo, y quien antes estaba turbado se alegra. Pero dicen mucho más. Porque el Amigo perdido no viene de un lugar cualquiera, sino de la noche de la muerte; ¡y él la ha atravesado! Él no es uno cualquiera, sino que es el Amigo y al mismo tiempo Aquel que es la Verdad que da vida a los hombres; y lo que da no es una alegría cualquiera, sino la alegría misma, don del Espíritu Santo” (Benedicto XVI, 12-VI-2011).

El texto nos dice que el Señor sopló sobre ellos al mismo tiempo que les decía recibid el Espíritu Santo. Y les dio el poder de perdonar los pecados, es decir, de dar la misma paz del Resucitado.

P. Luis de Prada, dcjm