COMENTARIO AL EVANGELIO DOMINGO 31 de diciembre (Mt 2,13-15)

            Último domingo del año en que celebramos con toda la Iglesia la Fiesta de la Sagrada Familia.

            Se nos pone como modelo esta especial familia que tiene unas características propias por la cualidad de sus personajes. Pero aún así, nos enseñan tantas y tantas cosas.

            La primera gran lección es la acogida. Como José acoge a María y como los dos acogen al Niño recién nacido en el seno de su familia. Es de tal magnitud esta acogida que todo va a girar en torno al Niño. Es este Niño, que no sabe hablar, que necesita que se lo hagan todo el que marca los ritmos de la casa. Como en todas las familias. Por eso nos debemos preguntar ¿qué acogida encuentran nuestros hijos en nuestros hogares?

            En esta familia, como debe ser en todas, cada uno tiene una misión, señalada por el amor. Y a cada uno le corresponde ejercerla con amor. Por eso en la familia se aprende lo que es el amor de verdad. No se nos quiere por lo mucho que tengamos o podamos adquirir. Se nos quiere porque somos padres, madres o hijos.

            En la familia somos educados para vivir la vocación al amor. Aprendemos de nuestros padres, cómo se quieren, cómo se dan el uno al otro. Es la primera imagen del amor que recibimos.

            También en la familia descubrimos nuestro sitio y aprendemos a relacionarnos, en función de nuestra misión. Se desarrollan, del mismo modo, las virtudes adecuadas a cada uno. Así a los padres les corresponde la tarea de la decisión, de la educación en el amor (con las dos formas de vivir esta vocación: el matrimonio y la virginidad), con cariño y ternura sin olvidar la exigencia que engrandece cuando se hace desde el amor y con amor. A los hijos les corresponde honrar a los padres, la obediencia filial, el dejarse enseñar y aprender a vivir el amor como una vocación.

            La familia tiene un centro muy especial: Dios. En la familia descubrimos a Dios, aprendemos a rezar, a cumplir los mandamientos,… en una palabra, aprendemos a vivir como cristianos, para en su día formar otras familias cristianas o consagrarnos a Dios en virginidad.