COMENTARIO AL EVANGELIO DOMINGO 26 de mayo (Jn 14,23-29)

En este pasaje del evangelio de San Juan se nos presentan unas enseñanzas para la vida práctica.

En primer lugar, Jesús nos dice que amarle a Él supone guardar sus palabras. Por tanto, para poder vivir según la ley de Dios necesitamos amar al Señor. Amar supone buscar el bien del Señor, querer su bien, que es el nuestro. Su bien es la vida de Dios, o dicho con otras palabras, la comunicación de su Espíritu para vivir unidos a Cristo. Vivir con sus mismos deseos, sentimientos…es decir, ser uno con Cristo.

Por eso dirá el Señor: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a Él y haremos morada en él”. Es la inhabitación Trinitaria en nosotros que nos hace vivir como Cristo.

En esta manera nueva de vivir, según el Espíritu, tenemos un maestro excepcional, sin el cual esta vida sería imposible de realizar: El Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es el fruto del Corazón resucitado de Cristo, es el Paráclito, el Defensor que nos lo enseñará todo y nos recordará todas las enseñanzas del Maestro. Es el que nos configura con Cristo y el que nos acompaña en todos los momentos de nuestra vida.

Uno de los frutos del Espíritu Santo es la paz. Cristo nos da la paz. Es un regalo que no tiene nada que ver con la paz del mundo. Esta es un artificio para evitar que el otro se me suba a las barbas. Es el viejo adagio latino que decía: “Si quieres la paz, prepara la guerra”. La paz de Cristo es fruto de una victoria sobre el demonio, el pecado y la muerte. Por eso podemos decir que la paz es la tranquilidad en el orden. Es decir, Dios en el centro y todo girando alrededor de Dios.