COMENTARIO AL EVANGELIO DEL DOMINGO 1 DE OCTUBRE (Mt 21, 28-32)

De nuevo Jesús acude a relatos comprensibles para todos sus oyentes. Un padre de dos hijos tiene una viña. Les invita a trabajar en ella y los hijos van a responder al revés de lo que hacen. Uno dirá “no” y arrepintiéndose va a trabajar. El otro dirá “sí” y no irá a trabajar.

Cuando explica el sentido de la parábola pone en evidencia a aquellos que dicen y claman “¡Señor, Señor!”, pero no hacen la voluntad de Dios. Y sin embargo señala a aquellos que se sitúan, ellos mismos con su actitud o su vida, fuera de la familia y se arrepienten cuando dejan que la Palabra de Dios entre en sus corazones y hacen la voluntad de Dios, como los que están más cerca del Reino de los Cielos.

La parábola, si profundizamos, nos muestra las entrañas de misericordia del Corazón de Cristo. No se trata de denunciar sino de hacer ver cómo está la persona cerca o lejos de Dios. Es un tocar el corazón para que veamos la importancia de hacer la voluntad de Dios (trabajar en la viña) porque muy fácilmente, por nuestro tenor de vida, nuestra actitud o nuestra manera de juzgar las situaciones, nos engañamos y autojustificamos no haciendo la voluntad de Dios y quedándonos en meras fórmulas o palabras vacías.

La voluntad de Dios se nos transmite a través de la Iglesia y de las mediaciones que ha establecido: El Papa y su Magisterio, los obispos y su Magisterio, los párrocos…

En último extremo es una llamada a la conversión del corazón. Dejar que la Palabra de Dios penetre en nuestros corazones y nos pongamos manos a la obra, a trabajar en la viña del Señor.

P. Luis de Prada, DCJM