COMENTARIO AL EVANGELIO DEL 10 de diciembre (Mc 1,1-8)

Estamos en pleno adviento y éste viene con sus propios mensajeros. Que preparan el camino a Aquel que ha de venir. Son las avanzadillas que van por delante, explicando lo que tenemos que hacer.

            La figura de Juan Bautista, el “precursor” (nacimiento Lc, 1,5-20) es muy interesante y atractiva en el pueblo judío. Es el último gran profeta del AT y el primero del NT.

            Lo que dice lo hace. Es la voz, mejor es el instrumento para que a través de él fluya la Palabra de Dios. Presta su voz. Es austero, humilde (Sabe retirarse cuando viene Jesús, “conviene que el crezca y yo mengue”), atrae a la gente y la invita a la conversión y preparación para el que viene. Bautiza con agua, para el perdón de los pecados, pero no da el Espíritu que regenera.

             Juan es la voz, es decir quien presta sus cuerdas vocales al Señor para transmitir la verdad y sobre todo el mensaje de preparación para la venida del Señor. Nos toca ser como el Bautista, voz para nuestros cónyuges, para nuestros hijos, para nuestros amigos, para nuestro mundo…. Voz del Señor, sin miedo a decir la verdad o mejor a dejar que la verdad del Señor se adueñe de nuestro corazón. Para ello hemos de fijarnos mucho en el Bautista. Para poder ser una voz clara, firme y sobre todo veraz ha pasado mucho tiempo en el desierto. Ha vivido en continuo ayuno y oración. Es decir, ha dejado que el Espíritu Santo le prepare para su misión.

            Juan señala a Jesús. ¡Qué impresionante! como Juan, el gran profeta, no viene a traernos su mensaje, ni sus palabras… el viene delante de alguien a quien señala. Lo señala para que clavemos nuestros ojos y nuestro corazón en Él. El importante, el centro de todo, el que explicará todo y disipará las tinieblas es aquel a quien señala Juan… ¡Qué maravillosa lección de humildad del Bautista! ¡Cómo nos enseña a hacer apostolado! A ir a lo esencial, a señalar al Señor. Para nuestra vida es una gran lección de humildad y generosidad. Lo que enseñamos no es nuestro, lo hemos recibido y tal y como lo hemos recibido debemos darlo.

P. Luis de Prada, dcjm