COMENTARIO AL EVANGELIO DEL DOMINGO 17 DE SEPTIEMBRE (MT 18,21-35)

En este domingo el Evangelio gira alrededor del perdón, esa fuerza maravillosa regeneradora y renovadora del corazón.  Comienza con la inquisitiva pregunta de Pedro: “¿Cuántas veces hay que perdonar al que te ofende? ¿Hasta siete veces?” Porque en su mente hay una idea muy pobre del perdón. Sin embargo, la respuesta del Señor es tajante: “siempre (setenta veces siete)”. Y para hacerse entender mejor, de su asombrado interlocutor, cuenta la conocida parábola del siervo que debía una gran cantidad de dinero a su señor y éste, a instancias y súplicas del deudor, le perdona todo. Pero, el deudor perdonado, inmisericorde, no actúa, de la misma manera como habían actuado con él…con aquel que le debe una ridícula cantidad. Concluyendo con “lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”.

            El Señor nos dice que debemos perdonar siempre, sin medida y toda clase de ofensas.

            Sabemos que el perdón muchas veces es costoso y arduo porque quedan en el corazón resentimientos, rencores, deseos de venganza… muy difíciles de quitar, que nos impiden dar el paso al perdón. Por eso el Señor nos dice que debemos perdonar de corazón.  Perdonar a lo divino: sin medida y como si no hubiera existido el pecado.

            ¿Cómo podemos perdonar de corazón si nuestro corazón no es puro y está manchado por el pecado?  El Señor nos dice que aprendamos de Dios a perdonar, para ser perdonados nosotros. Perdonar con la generosidad y la misericordia divina, de tal manera que la ofensa no deja huella en el corazón de Dios. Para esto, necesitamos la fuerza de Dios para poder perdonar de corazón. Aprender de Él, acercarnos a recibir su perdón junto con la fuerza y la gracia al sacramento de la Reconciliación, para así poder nosotros vivir y perdonar como Él.

            Vemos que el perdón es como una cadena que desciende de Dios. Tiene su primer eslabón en Dios y unido a Él nuestros eslabones. Ejercitémonos en el sacramento de la Reconciliación, para así aprender a perdonar siempre y como Jesucristo, de corazón.

P. Luis de Prada, DCJM