COMENTARIO AL EVANGELIO DEL DOMINGO 12 NOVIEMBRE (Mt 25,1-13)

Este pasaje evangélico se suele interpretar mal porque se traslada todo el centro de la parábola a una cuestión simplista sobre la caridad. Así se concluye, con facilidad, que vírgenes prudentes son incapaces de compartir su aceite con las necias.

La interpretación va por otro camino. Las vírgenes representan a cada uno de nosotros, invitados a las bodas del Esposo (Cristo). Es el cortejo del novio. El ambiente festivo, de bodas, es una imagen muy usada en la Escritura para hablarnos del Reino de los Cielos.

La lámpara representa la fe (luz) que necesita alimentarse de aceite (las obras de la caridad), para mantenerse encendida y crecer en intensidad. Por tanto, la parábola es una seria llamada a la responsabilidad personal.

Cada uno de nosotros está a la espera de entrar en el banquete de bodas (el encuentro final con Cristo) con su lámpara encendida y su aceite de repuesto. Es un aviso a evitar la improvisación, es decir, a que toda nuestra vida sea una fe llena de obras o dicho de otra forma, que sea una auténtica vida cristiana que se va alimentando de la fe, la esperanza y la caridad.

El retraso del Esposo (Cristo), es el tiempo que tenemos para que esas lámparas mantengan la luz y se acreciente en intensidad. Las necias descuidan el aceite, se olvidan de las obras y cuando se dan cuenta es tarde.

No podemos dejar de meditar las terribles palabras del Esposo a las vírgenes necias que han descuidado su lámpara: “¡No os conozco!”.

Por eso este Evangelio, en las últimas semanas del año litúrgico, es una llamada a la vigilancia con nuestra fe y nuestra caridad:

“VELAD PORQUE NO SABÉIS EL DÍA NI LA HORA’”

P. Luis de Prada, dcjm