COMENTARIO AL EVANGELIO DEL DOMINGO 10 DE SEPTIEMBRE (Mt 18,15-23)

En este texto evangélico Jesús nos enseña a corregir al hermano que nos ha ofendido o pecado contra nosotros. Estamos ante una de las obras de misericordia espirituales “Corregir al que yerra”. La corrección es difícil porque requiere un dominio de si, una mansedumbre y una gran caridad para poder hacer ver al hermano su falta. Por otro lado, exige prudencia, pues no basta decir las cosas porque “soy muy sincero y digo lo que siento y pienso”. No, pide una reflexión serena delante del Señor, un ver la situación y las condiciones, para que la corrección pueda ser eficaz y ayudar al hermano a corregirse. Muchas veces será mejor lo que nos dice el Apóstol San Pedro: “Bella cosa es tolerar penas, por consideración a Dios, cuando se sufre injustamente” (1Pe 2,19). Este es un camino seguro que nos lleva a la santidad.

La segunda parte nos habla de la oración en común, de su importancia y de su fuerza. Orar es necesario, porque es dialogar con Dios, la fuente de todo bien y sobre todo de nuestra esperanza. Ya decía San Agustín que “la oración es la omnipotencia del hombre y la debilidad de Dios”. En este párrafo evangélico Jesús nos habla de la fuerza de la oración de dos o más personas reunidas en su nombre. Lo primero que no dice, importantísimo para nosotros, es que cuando se reúnen en el nombre del Señor “allí estoy yo (el Señor) en medio de ellos”. La presencia del Señor en la comunidad que reza. De aquí la importancia de la oración con otras personas, reunidas para rezar en el nombre del Señor. Un ejemplo muy hermoso es nuestra comunidad parroquial, reunida entorno a la Eucaristía, al Señor vivo, para exponer nuestras necesidades, súplicas y para alabar a Dios darle gracias. Y, en segundo lugar, se nos habla de la eficacia de esta oración, porque hay una concordia de los corazones en el mismo Corazón del Señor. Por eso no dejemos de invitarnos a rezar juntos, la oración de los esposos, el orar en familia, orar en el trabajo… sabiendo que en medio de nosotros está el Señor, que siempre escucha nuestras oraciones.

P. Luis de Prada, DCJM